Hoy estaba recordando mis oscuridades, mis desaciertos, mis ofenzas, mis injusticias, mis deseos bajos y mis suciedades. Son tantas que a veces pesan y me hacen sentir un ser minúsculo y abominable, todo un adefesio.
Otros días recuerdo mis éxitos, mis logros, mis bondades, mis virtudes, las acciones pasadas que me llenan de orgullo y que me hacen creer que todo lo puedo lograr, que estoy llamado para cosas grandes.
Es dificil para mi ver estas dos caras al mismo tiempo. Parecen dos seres diferentes, como el águila y la serpiente. Uno tan majestuoso y sublime que parece danzar con el sol mismo; el otro tan bajo y oscuro que lo imaginamos sucio, arrastrándose por el fango y causándo daño.
Si soy la fusión de estos dos seres, parece tentador hacer una cirugía cuidadosa y separarlos, dejar vivo solamente al ser de luz y empezar a ocupar mi lugar en el mundo, junto a Gandhi, Einstein y mis demás camaradas; pero cuando recuerdo las mayores cimas de autosuperación que he tenido, veo que vienen justamente después de haber caído en los fangos más oscuros. Como si del fango viniera la fuerza para elevarme a los aires, como si el aguila se alimentara de la serpiente o se transfigurara al ser mordida por ella, como si el adversario fuera también el maestro.
Qué fuera del águila sin la serpiente? Recuerdo que es precisamente cuando me siento en la cima, cuando mi atención disminuye, mi camino parece un sin sentido y lo que era sublime se empieza a ver ridículo y vano. En la cima el aire se vuelve enrarecido hasta asfixiarme, no quiero más alturas, no quiero más sol, deseo otra vez tocar tierra, llenar mi estómago de sus frutos, revolcarme desnudo en el fango hasta sentirme que soy uno con la selva y con todos los seres que la pisan o se arrastran. Hasta sentirme denso, muy denso, demasiado denso, hasta echar raices quedar clavado como un árbol en un espacio, en un tiempo o hasta ser una roca en todos los espacios, en todos los tiempos. La roca que mantiene al aire sujeto, al agua fluyendo y al fuego emergiendo.
Tanto volar como echar raices son símbolos de progreso humano; así como ir al cielo o ir al subsuelo son símbolos de muerte.
Soy un humano y nada de lo humano me es extraño, seguiré siendo como un cristal y como una roca, con una cara de cuarzo y una de obsidiana. Ninguna de mis caras tiene luz propia, pero ambas te pueden dar luz si llegas a la hora justa en que el sol las ilumine.